Guns N’ Roses: 25 años del Appetite for Destruction

En la Paradise City siguen estando el césped verde y las chicas bonitas. 

Pocas bandas podrían incluir en su discografía probablemente uno de los mejores discos debut de todos los tiempos. Pero menos bandas aún pueden considerarse las salvadoras del rock & roll en una década. Una sola engloba ambos conceptos con total merecimiento. Guns N’ Roses, que pasados ya 25 años del lanzamiento del Appetite for Destruction, sigue tan vigente como en aquellos convulsos días de 1987.

Los Guns en sus comienzos, en la L.A. decadente, eran un grupo en donde su supervivencia pendía frágilmente de cosas tan variables y vitales como la llegada de ráfagas de inspiración, la capacidad de no autodestruirse con sus «aficiones», encontrar algo de dinero para comer o tener para al menos comprarse cuerdas nuevas.

Por lo tanto, al momento de grabarse este grandioso disco, de su éxito dependía fundamentalmente que Guns N’ Roses siguiera respirando como banda o terminará como tantos grupos de la época, olvidados y con las melenas aun inundadas de fijador. Su primer esfuerzo grupal, el EP «Live ?!*@ Like a Suicide», tuvo una repercusión moderada, localista. La verdad no era tampoco para lanzar las campanas al vuelo.

En el seno del grupo, un sociólogo habría encontrado el santo grial para una tesis de grado. Cada integrante no podía ser más diferente que el otro, sólo teniendo en común la pasión por la música y los créditos de composición de cada canción, independientemente de quién la compusiera.

Steven «Popcorn» Adler y Slash venían de los Road Crew. Steven siempre fue el espíritu lúdico, vitalista y alocado de los Guns. Pero eso no significa que no fuera un baterista supremo, que hacía de lo simple un arte. Un metrónomo total. Slash siempre fue el lado más hard rock, la arista de guitar-heroe y virtuosismo, el nudo donde se unía la música y el desenfreno a lo Keith Richards/Joe Perry. Duff «Rose» McKagan venía de Seattle cuando no existía movimiento musical alguno ahí. Punk de pro, un bajista con tanta habilidad como Paul Simonon de The Clash (escasa) pero que con los años ganó en sapiencia. Siempre fue el catalizador a nivel personal de los Gunners. De último dejo a los dos hombres de Indiana. Izzy Stradlin’ y Axl Rose venían de los Hollywood Rose y L.A. Guns. Amigos desde la high school, Izzy siempre fue un seguidor acérrimo de los Stones, Faces y Aerosmith. Compositor prolífico y guitarrista rítmico, limitado a las seis cuerdas pero con una imaginación desbordante, capaz de revivir el guitar weaving de los Stones con Slash. W. Axl. Rose, voz y frontman. Una fuerza volcánica y jefe de facto de los Guns N’ Roses. Dentro de sus crisis personales tal vez era el más consciente de las posibilidades de la banda. Su estilo tan particular de cantar, con el uso del falsete  a destajo, amenazaba con terminar aniquilando sus cuerdas vocales en cualquier momento.  

El Appetite for Destruction se lanzó el 21 de julio de 1987. Como todo disco del panteón de clásicos, arranca con esa bandera llamada «Welcome to the Jungle», todo un himno generacional, acelerado y salvaje. Una composición de Rose y Slash a partes iguales. «It’s so Easy» es el tema de Duff, casi un tema punk de tres acordes compuesto a medias con West Arkeen (R.I.P.) pero con unos riffs de guitarra ganadores.
«Nightrain» siempre fue el tema para abrir fuegos en los directos. La cowbell de Adler servía de guía y motivo tonal para un track fundamental, con Stradlin’ y Slash intercambiando solos y fraseos. «Mr. Brownstone» es la inevitable canción de drogas, una oda a sus vicios y demonios internos. «Paradise City», la canción definitiva de los Guns, era una granada incendiaria en disco, todo un atentado en concierto. «Sweet Child O’Mine» es la «balada» del disco, entendiendo lo que es una balada para estas cinco bestias pardas. Su riff es de los más memorables de todos los tiempos, sin duda. Cerraban con esa inolvidable «Rocket Queen», homenaje a groupies, meretrices, novias y amantes.


El disco no obtuvo reconocimiento inmediato. La MTV se negaba categóricamente a mostrar vídeos de la banda, entre otras razones por que la cubierta original del disco era una clara apología a la violación. Se cambió la portada por la clásica de la cruz y las calaveras, estilo Grateful Dead.   No fueron suficientes las concesiones. Todavía el apoyo mediático se demoró un año, en donde hasta David Geffen rogó literalmente a la cadena de televisión que pasara el video de «Welcome to the Jungle». MTV al final accedió. Lo trasmitió un domingo a las 4 de la madrugada. Lo demás es historia.

El álbum ha vendido más de 60 millones de copias convirtiéndose en el disco debut más vendido a nivel mundial. 

Dos décadas y media después, sigue sonando fresco, nítido, violento a su manera. Nunca ha dejado de venderse y sigue siendo el símbolo de los Guns N’ Roses. Más allá de su historia posterior, cambios de alineación, polémicas y juicios por, entre otras tonterías, platos de espagueti, Appetite for Destruction nos sigue dando la bienvenida a una jungla que no ha cambiado en casi nada en un cuarto de siglo. 




Video: MTV Music Awards, 1988.


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