El bar Lucky U solía estar atestado de estudiantes, aspirantes a rockstars, escritores incipientes y motociclistas de diversa calaña. Toda la fauna local de L.A. en aquella década prodigiosa de los sesentas. Un joven estudiante de cine de la UCLA llamado Jim Morrison solía pasarse por ahí para disociar sus sentidos con uno de los grandes amores de su vida: el elixir que lo llevaba siempre al otro lado. Poco podía imaginar ese nativo del soleado estado de Florida que algunos años después se transmutaría en el astro eléctrico del lado salvaje.
A pesar de la llegada de la fama y toda la parafernalia que rodeaba a The Doors, Morrison siempre mantuvo el íntimo anhelo de ser recordado como un poeta, un renacentista, más que un cantante decadente. Pasado ya el boom inicial de su carrera, el remolino del escándalo y posterior proceso de Miami en 1969 y las malas críticas al Soft Parade, Jim se reivindicó con un monumento musical llamado Morrison Hotel. 1970 se presentó como un año de contrastes, pero que mostraba una gran progresión para la banda. Pero a pesar de todo, Jim quería seguir explorando la poesía como lienzo expresivo.
El 6 de diciembre, Jim llamó a un número que el presidente de Elektra Records, Jac Holzman, le había dado y habló con John Haeny, el ingeniero que montó el estudio. Quería grabar algunos de sus poemas dos días después, dado que era su cumpleaños número 27. El día 8 estaba en el Village Recorders (casualmente a sólo dos calles de su añorado Lucky U) junto con Frank y Kathy Lisciandro, Florentine Pabst y el ingeniero para celebrar su cumpleaños. Con una petaca de whisky irlandés muy cerca, Morrison empezó a leer el grueso fajo de hojas mecanografiadas y beber sin parar durante cuatro horas, hasta a su manera, tocar a las puertas de su particular exorcismo.

Tan satisfecho quedó con las lecturas, que hasta accedió a actuar nuevamente junto a The Doors un par de fechas. El viernes 11 en Dallas y el 12 de diciembre en Nueva Orleans. El primero de los conciertos fue un éxito monumental, parecía que volvían los antiguos Doors fuertes y oscuros. Pero el bolo de Nueva Orleans fue todo lo opuesto. En ese concierto se pudo ver como Morrison ya había perdido esa aura y la fuerza que lo habían convertido en el Rey Largarto. Jim al fin y al cabo solo quería escribir en paz y vivir una existencia de descubrimiento. Nunca volvieron a tocar los cuatro jinetes. El 3 de julio de 1971 el círculo de fuego de
James Douglas Morrison se cerró en la madrugada parisiense.
Como epílogo a sus correrías por la cara oscura del rock, los poemas que Jim grabó terminaron convirtiéndose en su legado sonoro más sincero: el emocionante y descarnado An American Prayer de 1978. La ausencia de Morrison sólo confirmó que sólo con su voz podía traspasar generaciones y ser como la energía: no se destruye, se transforma.
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