[Ricardo Portman] @ecosdelvinilo | @ricardoportman_
Hay discos de Paul McCartney que parecen hechos para demostrar algo, y otros que simplemente existen porque él no puede dejar de escribir canciones. The Boys of Dungeon Lane pertenece claramente al segundo grupo. No tiene la ambición de sus trabajos más celebrados ni busca reinventar nada, pero ahí está precisamente su encanto: suena a una leyenda jugando en casa, libre y sin presiones, que deja que las canciones le hablen más a él mismo que al resto de la humanidad.
El álbum tiene esa mezcla tan marca-de-la-casa-McCartney entre melodías luminosas y una melancolía doméstica. Incluso en los momentos más ligeros hay una sensación de nostalgia al calor del fuego de la chimenea, como si estuviera mirando fotografías viejas mientras improvisa acordes al piano pero con la mirada periférica en la Epiphone Casino y el Twin Reverb. Hay canciones que parecen encantadores bocetos y otras que, de repente, recuerdan por qué sigue siendo el mejor compositor de la historia del pop moderno.
La producción es cálida y evita caer en el exceso de pulido digital que arruinó parte de sus discos de los 80 y 90 (el co-productor Andrew Watt supo contenerse, algo lógico teniendo al Beatle Paul al lado). Aquí todo parece más cercano: guitarras con aire de maqueta, bajos muy presentes y esa voz ya gastada por el tiempo, que lejos de perjudicar las canciones, les da una humanidad inesperada. McCartney ya no canta como antes, claro, pero tampoco necesita hacerlo. Hay algo emocionante en escuchar cómo sostiene ciertas notas casi al límite.
Vamos a las canciones, sin respetar el orden original. Days We Left Behind y Home To Us fueron los primeros singles y seguramente sean el punto focal donde se contiene todo lo que hace este disco tan especial: la melancolía folk de la primera y la alegría pop del segundo, con la participación del Ringo de nuestras vidas. Pero The Boys of Dungeon Lane es mucho más.
Down South es la guitarra acústica al frente y la sapiencia de perro viejo de la composición detrás; es un corte que funciona desde la madera y los acordes mayores. We Two es redonda y perfecta, una tonada que bien pudo entrar en el Band On The Run (por momentos imaginé a Linda y Denny haciendo los coros). Life Can Be Heard es la nueva ave sonora que abre las alas, acompañando en las alturas a sus hermanas Blackbird y Bluebird. First Star of the Night sonríe sedosa y jazzística, una breve siesta bajo el tibio sol matinal.
Never Know es la canción perdida de John Lennon compuesta por Paul McCartney. Es tan John en su registro y espíritu que estremece. Gloriosa.
Salesman Saint es profundamente autobiográfica, te hace soltarlo todo, sentarte en el suelo y cerrar los ojos. Es Paul derrumbando los muros y caminando descalzo por la playa de la memoria. Emocionante a todo nivel. Momma Gets By, el tema que cierra el álbum, es el complemento de Salesman Saint, y no podía ser de otra forma la despedida que con orquestaciones a lo Abbey Road y una ternura infinita. Te deja con un nudo en la garganta y lágrimas en los ojos.
Pero atención, no todo es suavidad acústica y sentimientos agridulces, porque el tema que abre el tracklist, As You Lie There, representa precisamente esa frontera vocal tan ruleta rusa pero que contiene el poderío rock de un Let Me Roll It, con un estribillo gritado que es oro y platino. Por su parte Ripples In a Pond es luminosa, alegre y saltarina. Mountain Top es el mellotron de Strawberry Fields abriéndole la puerta a una melodía tan minimalista que termina por ser un hallazgo en la isla del tesoro. Come Inside es marchosa, humeante y tan americana que no puedo dejar de imaginar a Leon Russell acompañando al piano.
Lo mejor de The Boys of Dungeon Lane, además de sus canciones individuales, es el clima que construye. Es un disco portuario, tanto de parajes silenciosos como de sótanos eléctricos y sudorosos, de paseos sin rumbo y recuerdos con regusto a fish n’ chips, pinta fresca y el piano semi-afinado del hogar familiar. Para quienes piensen que McCartney está haciendo las maletas les digo que se olviden de eso: Este es el álbum de un artista que brilla y nos reta a sus 83 años. Es creativo, fascinante, inspirado y le da una patada en la cara a quienes se creen en posesión de la engañosa verdad de la juventud. Paul McCartney es el músico más importante e influyente de la música moderna de todos los tiempos y este disco lo demuestra, una vez más. Nunca me bajaré del barco de Macca.
Sobre el autor de la crítica:
RICARDO PORTMAN: Fundador y editor de Ecos del Vinilo, es periodista y crítico musical, criado y alimentado por el rock n’ roll; creció a la vera de The Beatles, los Stones, The Doors, Pink Floyd y Queen, compañeros de viaje que fueron nutriendo el banco de datos de una mente que siempre se ha movido en acordes, estrofas y vinilos. – @ricardoportman_ | @ecosdelvinilo
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Auténtico ,profundo y amoroso artículo .
Gracias ,Ricardo.
Compartimos el viaje en el mismo barco ❤️
Por siempre 🥰