Premios Las 40 Arcadas Principales

Premios Las 40 Arcadas Principales

“Estamos viviendo una realidad distópica musical, en un presente con más de Zoo primitivo y kindergarten global que de humanidad pensante”

[Ricardo Portmán] @ecosdelvinilo 

Un tío adulto con un chaquetón de esponjas (o lo que fueran) Scotch Brite de colorines, con enormes zapatos ortopédicos del Doctor Scholl, arrastrando con desgano un oso de peluche gigante y balbuceando una melodía anodina -sin apenas vocalizar- y con una afinación atroz. Esa es la imagen que me queda de los Premios de los 40 Principales (ya sabemos en realidad por qué llovía en Mallorca). Sí, me refiero a un tal Marc Seguí, quien ni se molestaba en acompañar bien su propio playback. 

Quise ver con detenimiento y atención esta gala y no tuvo desperdicio (tenía tiempo deseando ver algo que me hiciera partirme la caja y lo logró mejor que Jim Carrey y Chris Rock juntos). Y afortunadamente preferí reír antes que llorar porque estos premios representan a la perfección el abismo infinito en el que se encuentra la música popular, no sólo española sino internacional, enfocada en entretener al target-generación-cristal. Cero contenido, cero fondo, cero concepto, cero talento, cero voz, cero afinación, incluso cero gusto por estilismos medianamente potables. 

En el Velòdrom Illes Balears de Palma de Mallorca no faltaron luces de colores que hicieron el papel de espejitos-para-aborígenes, con un “guiño al rock” con (perdonen si me carcajeo) los Hombres G, actuación que me hizo revisar si había caído en un agujero de gusano y estaba en 1986, porque como todos sabemos “no hay bandas de rock en 2021” (comillas irónicas).

En todo premio mainstream que se precie debe estar un artista anglo de gordo caché (quien sorpresivamente recibirá un caudal de premios a cambio de su presencia y/o actuación) y ahora tocó al inefable Ed Sheeran, quien cada vez más ‘alegre’ hizo una especie de croqueta etílica al subir a recibir alguno de los galardones y en el último ya directamente con la botella en la mano. Tendrá cuatro buenos pisapapeles en casa, muy útiles ante el viento británico.

Una que también ganó y cantó con un hilillo de voz fue Nicki Nicole (cantó, susurró, yo que sé), seguida de otro de los consentidos de los medios generalistas, Sebastián Yatra, que fue de lo mejorcillo en una noche de espanto.

Me causó mucha vergüenza ajena ver a Rosalía dandole el premio a su churri Rauw Alejandro (¿de qué caja de sastre se han sacado a este señor?). También ha sido una velada de confirmaciones: que no debes poner a olímpicos a improvisar sobre un escenario, que Ana Mena no canta un pimiento, un poco de lo mismo con Beret y que no hay nada mejor que el olvido y con esto último me refiero a un ‘artista’ que salió con una especie de pijama+sombreraco de toalla morado que sabrá Dios como se llamará (da igual, de todas formas).

Que el único instante de cordura, de elegancia, de saber estar, haya sido (además de Leiva) Dani Martín recibiendo un premio, ejemplifica lo que nos deja este muestrario del horror que han sido los Premios de los 40 principales: que lo menos malo sucedía cuando NO sonaba la música. Me tomé la molestia, mientras veía la entrega, de revisar listas de ‘números uno’ de esta misma emisora de años anteriores y me dejó claro que estamos viviendo una realidad distópica musical, en un presente con más de Zoo primitivo y kindergarten global que de humanidad pensante. La música es demasiado importante, fundamental y trascendente como para utilizarla como excusa para estos saraos que lo que producen son arcadas tras arcadas (hasta llegar a las cuarenta). 

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