“Esta historia no trata de un fracaso, sino de un éxito no reconocido a tiempo. Pensándolo bien, quizás esto es más duro”
[Guillermo Rodero] @ecosdelvinilo | @GuilleRodero
No guardo demasiados recuerdos de conversaciones con mi abuelo. Un hombre formidable, por cierto. Estos huecos se deben principalmente a que nos coordinamos mal. No sé si es que él era demasiado mayor o que yo nací demasiado tarde. La cosa es que uno de esos selectos recuerdos es una frase que él decía: “Nadie es profeta en su tierra”.
Yo no lo entendía. Bastante tenía ya con intentar gustarle a alguien, con comportarme como debía comportarse alguien dotado con el regalo de la juventud y alguien que no estaba dispuesto a defraudar a nadie. Estaba ocupadísimo. Sin embargo, el tiempo hizo que lo entendiese. Aquellas seis palabras vienen a decir que se debe abandonar el lugar donde uno nació si se quiere llegar a algo. Evidentemente hay excepciones, pero no en la historia que contaré a continuación. El profeta es Sixto Rodríguez y su tierra, Detroit.

En el año 1942, la mayor guerra que jamás ha contemplado el ser humano está en su punto álgido. Las naciones más grandes del mundo se dedican a bombardear y ser bombardeadas. Todas salvo una, Estados Unidos juega siempre como visitante. Salvo algunos pequeños encontronazos en territorio yankee, la sociedad estadounidense se mantiene activa, en calma y funcionando. Y es precisamente en ese ambiente en el que nace el protagonista de esta historia. Sixto Díaz Rodríguez, Rodríguez de ahora en adelante, nace el 10 de julio de 1942 en la ciudad de Detroit, Michigan.
Hijo de inmigrantes mexicanos, Rodríguez se ganó la vida, por llamarlo de alguna manera, dando pequeños conciertos en bares a la orilla del Detroit a finales de los 60 y principios de los 70. Todo cambió cuando en el año 1968, llamó la atención de los productores Dennis Coffey y Mike Theodore. Sus letras (comparadas con el Bob Dylan de la época), su extraña voz y su curioso comportamiento (daba conciertos de espaldas) hicieron que estos productores quisieran grabar un disco de aquel que era más mendigo que músico. Este primer trabajo fue Cold Fact (1970).
Su música hablaba de la sociedad estadounidense de la época desde un punto de vista novedoso. Criarse en Detroit ayudó a que Rodríguez pudiese poner voz y acordes a la decadencia de una ciudad industrial que aún continúa a día de hoy. Barrios empobrecidos, gente abandonada por las administraciones y problemáticas sociales, especialmente las drogas. Estas últimas tendrán un papel especial en los trabajos del músico, como puede verse en la joya que es Sugar Man. Sin embargo, su poderío no residía únicamente en las ácidas críticas de sus letras, el componente musical también era potente y sino, que se lo digan a la línea de bajo que abre I wonder. Una delicia, maldita sea.
Este primer álbum fue un absoluto fracaso comercial en Estados Unidos. Nadie sabía quién era Rodríguez o qué escribía. Sin embargo, hubo alguien que sí lo conocía. El álbum llegó a manos de Steve Rowland (productor de The Cure o Jerry Lee Lewis) y se quedó fascinado. Quiso conocer a la persona detrás de tan brillante trabajo. “Hola, soy Rodríguez. ¿Te gustó Cold Fact?”. Así nació su segundo y último álbum, Coming from Reality (1971).

Este trabajo contenía canciones diferentes en cuanto a la forma, pero no en lo relacionado al contenido. Costumbrismo, radiografías de los suburbios estadounidenses y mucho pesimismo. Por ejemplo, la canción Cause dice: “Cause I lost my job two weeks before Christmas…”. De nuevo, el álbum fue un fracaso en ventas y, efectivamente, la discográfica Sussex le despidió dos semanas antes de las navidades de 1971.
Si la historia terminase aquí, este artículo no tendría mucho sentido. Nadie escribe sobre fracasos o, al menos, sobre fracasos ajenos. Con los que son propios podemos construir algo, crear un imperio de la burla y la autohumillación (pregunten a la Chocita del Loro). Sin embargo, con los ajenos no podemos crear nada. Y es por eso, que esta historia no trata de un fracaso, sino de un éxito no reconocido a tiempo. Pensándolo bien, quizás esto es más duro.
El asunto es que los dos discos de Rodríguez, como ya sabrá usted si no se ha saltado ningún párrafo, fueron dos fracasos económicos absolutos. Nadie en Estados Unidos escuchó su música y esto le obligó a abandonarla. No grabó más, no tocó más y decidió continuar en el mundo de la construcción. Igual de respetable, pero menos exhibicionista. Sin embargo, Rodríguez no sabía en aquel entonces que sus discos habían sido un éxito rotundo al otro lado del globo, en Sudáfrica, donde vendió más de medio millón de copias en las décadas de los 70 y los 80. Llamativo si lo comparamos con los seis que vendió en su país natal.
En esta época, el país bóer vivía los años más duros del apartheid. La represión social y, sobre todo, racial, hacía del país una nación donde la opresión campaba a sus anchas. Quizás silbando una alegre tonadilla y agitando en círculos una porra de madera. No se sabe muy bien cómo llegó Cold Fact al país africano, pero sí se sabe que se extendió como la pólvora. El ambiente opresivo y anulador de la sociedad surafricana permitió que este disco se convirtiese en la banda sonora de una juventud y de una revolución que se gestaba en las narices del poder.
Como se cuenta en el documental Searching for Sugar Man (Óscar a mejor documental en 2012), Cold Fact estaba en todos los hogares de cualquier familia surafricana liberal que tuviese un tocadiscos. La canción The Establishment Blues, especialmente, abrió los ojos a una generación que pedía a gritos la apertura del país y el fin de una nación fuertemente militarizada y donde cuerpos paramilitares (y no tan paramilitares) ejercían una violencia desmedida con cualquier atisbo de protesta. Así, inspiró a jóvenes músicos que con sus canciones realizaron una constante protesta frente al apartheid, como pueden ser Koos Kombuis o Johanes Kerkorrel, ambos miembros del movimiento Voëlvry (libre como un pájaro).

Por supuesto y como no podía ser de otra manera, nadie sabía nada de Rodríguez. En torno a su figura se crearon muy diferentes leyendas. Una decía que se suicidó pegándose un tiro en la sien tras un nefasto concierto. Otra, que se prendió fuego frente al público, a modo de éxtasis pop final. La cosa es que Rodríguez estaba muerto sí o sí.
Pues no, seguía vivo. Vivo y ajeno a todo lo ocurrido al otro lado del mundo. Ocupó su tiempo en la construcción y en la política comunitaria, abandonando por completo la música. Sin embargo, ayer Rodríguez cumplió 79 años y mantiene sus oscuras gafas de sol y esa voz tan peculiar. He aquí la historia de un profeta que en su tierra no fue nadie. He aquí un profeta que, a miles de kilómetros, inspiró a un pueblo y no se dio ni cuenta. He aquí la historia de Sixto Díaz Rodríguez.

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