“No quería irse sin dar las gracias por el cariño; gastó sus últimas fuerzas en devolver el amor que tantas veces había recibido sobre el escenario. Incluso a día de hoy, se acordaba de los nombres de sus primeros fans”
[Teresa Cerón López] @ecosdelvinilo | @terethali
Pau Donés se ha marchado cuando más ganas tenía de quedarse. Nos ha dejado tirados como colillas; con la misma sensación de orfandad que nos invadió la mañana en la que nos enteramos que había fallecido Enrique Urquijo.
Pau Donés no ha ganado la batalla al cáncer, al cangrejo, como solían llamar a la enfermedad La Mari de Chambao y él para desdramatizar su existencia y agarrar con fuerza al toro por los cuernos; pero Pau no se ha ido de aquella manera, tenía canciones en la recámara que cuidadosamente fue puliendo- a lo largo de un año- para dejarlas a sus fans a modo de agradecimiento. Bajo el título Escupes o Tragas quiso despedirse hace unos días de sus oyentes, pero ante todo, de su núcleo duro de seguidores. Esos que lo descubrieron mucho antes de que La Flaca fuese un pelotazo gracias a un anuncio de televisión, allá por 1997.
Donés no quería irse sin dar las gracias por el cariño; gastó sus últimas fuerzas en devolver el amor que tantas veces había recibido sobre el escenario. Incluso a día de hoy, se acordaba de los nombres de sus primeros fans; los que le escribíamos cartas a través de la discográfica (que él respondía con gracia y socarronería) preguntándole por todo tipo de detalles acerca de las canciones de un primer disco que no terminaba de funcionar en radio, pese a la voluntad de hierro de su creador. Si cierro los ojos, vuelvo a diciembre de 1996; el mes en que me atrapó con su Quiero ser poeta, pero poeta de los canallas, de los del Lado Oscuro; los que más nos gustaban a las chicas de diecisiete años cuando de soñar con músicos se trataba.
Donés no quería irse sin dar las gracias por el cariño; gastó sus últimas fuerzas en devolver el amor que tantas veces había recibido sobre el escenario. Incluso a día de hoy, se acordaba de los nombres de sus primeros fans; los que le escribíamos cartas a través de la discográfica (que él respondía con gracia y socarronería) preguntándole por todo tipo de detalles acerca de las canciones de un primer disco que no terminaba de funcionar en radio, pese a la voluntad de hierro de su creador. Si cierro los ojos, vuelvo a diciembre de 1996; el mes en que me atrapó con su Quiero ser poeta, pero poeta de los canallas, de los del Lado Oscuro; los que más nos gustaban a las chicas de diecisiete años cuando de soñar con músicos se trataba.
Recuerdo la última vez que le vi en persona; fue en el Auditorio Parque Torres de Cartagena una calurosa noche de septiembre en 2017. Pau se dejaba caer por la ciudad tras dos años de ausencia de los escenarios; estaba bastante más delgado tras las interminables sesiones de quimioterapia, pero con muchos planes revoloteando por esa cabeza hiperactiva suya que tanto me fascinaba.
Presentaba en directo 50 Palos, el disco que lo trajo de vuelta del hospital, y con el que celebraba veintiún años de carrera. Veintiún años de exitosa trayectoria; y de algún que otro pinchazo comercial, también. Pero Pau, tras haberle visto la cara a la muerte, llegó a punto de su carrera en el que las cifras de la industria le importaban más bien poco: “Por encima de todo están las canciones”, repetía hasta la saciedad. Si uno de sus temas tenía la capacidad de hacerte vivir “en otra vida, o en otro mundo” como rezaba Enrique Urquijo en A tu lado, para el creador de Grita ya era todo un hit.
Con qué garbo salió aquella noche de final de verano al escenario. Sonriendo pletórico, iba desgranando sus mejores composiciones, que para la ocasión, había vestido con otros ropajes; las despojó de sonoridades latinas para que se sintieran, piano y voz, como únicos elementos protagonistas de la escena. Tras ellos, y llevándonos en volandas, el violonchelo de su querida Andrea Amador, los teclados de Jaime de Burgos y el bajo de Jordi Vericat. Qué manera tan bonita tenía el Donés de hacer simple lo complicado en sus conciertos. De emocionarnos con la frase corta y el verso desnudo.
Cuántas veces no nos habremos sentido dentro de sus canciones; si tiro del hilo de mis emociones, me vuelve a recorrer el mismo sudor frío que sentí cuando mirando a su público cartagenero, ejecutó con la mirada vidriosa Humo, la canción inédita de 50 Palos. Con la que encaraba la pena y se reconfortaba asimismo cuando acechaban los miedos.
Sus fans siempre apoyándolo; a pie de escenario a ser posible; soñando con poderlo tocar, con poderlo acariciar desde el respeto y el misticismo que sólo se profesa a las buenas personas.
Tengo millones de anécdotas asociadas a sus canciones: noches de insomnio por mal de amores con las estrofas de Agua en mi cabeza, anidadas en un bucle trágico. Recuerdo una noche de farra en un garito de Cabo de Palos en el que partí unos tacones recién estrenados saltando a ritmo de ¡Yep!, o subiendo el Puerto de la Cadena de Murcia cantando Bonito a voz en grito en el coche. Me pregunto si todo el amor que sentíamos por él, le llegó de alguna manera en sus últimos minutos de vida.
La aciaga mañana del 9 de junio de 2020 no se nos olvidará jamás a los “my lovers”, como solía llamarnos cariñosamente. Estará grabada a fuego en nuestra memoria como el día en el que el maestro se dejó ir en contra de su voluntad. El día que no tuvo más remedio que dejarse llevar, como le ocurrió a su admirado Antonio Vega cuando más ilusión tenía por la vida.
Tenemos los ojos tristes desde tu partida, Pau. Nos agarramos al consuelo que nos profesamos entre los miembros de tu familia “jarabe”, cobijados en tus canciones día y noche. Y en los recuerdos, amigo. Los de media vida, Pau. Gracias por hacérnosla más bonita.
¡Hasta Siempre!
“Tengo que decirte
Que el día en que te fuiste,
Se encendieron las farolas
Que alumbraban el camino ….
Para que pudieras volver.
Volver, volver…”.
Pau Donés Cirera.
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