Madonna: Aunque la veas, ya no está ahí

Esto nos deja el suicidio televisado de la Reina del Pop en Eurovisión



[Ricardo Portmán] @ecosdelvinilo

Ya el hecho de juntar en una misma frase Madonna y Eurovisión es una acción antinatura. La Ciccone será muchas cosas -incluso oportunista- pero nunca había sido una imprudente (ella que siempre ha medido sus pasos, aún en tiempos de vacas flacas). Anoche, su aparición risueña, en modo camaleón para todos los públicos, disparó unas alarmas que ya amenazan con empezar a aullar tras los singles que ha ido lanzando de su nuevo disco, Madame X. Cuando la Reina del Pop comparte plano con figuras de cartón piedra como Maluma nos habla que se busca el billete de mercaderista, no el oro de reliquia atemporal. 

Madonna tiene años lanzando discos anodinos, compuestos y grabados en piloto automático, buscando darle una razón su salida a la carretera (como si necesitara excusas). Hard Candy (2008), MDNA (2012) y Rebel Heart (2015) no dicen nada, no dejan nada, ni siquiera ocuparían ninguno de sus temas un espacio como bonus track en un greatest hits. Desde finales de 2005 la cantante no inscribe en la pared de la aldea global algo recordable, cuando lanzó el Confessions On a Dance Floor, con las adictivas Sorry y Hung Up poniendo a bailar a media humanidad. Son ya catorce vueltas al sol de material de relleno y son muchos años, demasiados, para un mito viviente.

En la gala israelita de Eurovisión Madonna recurrió a su mente mercadotécnica para sacarle jugo a una enorme lupa comunicacional. Lo de elegir Like A Prayer como entrada fue muy astuto, aunque luego nos clavara un tema nuevo -que suena viejo, rancio, prescindible-. Aquí llegamos al meollo del asunto: La voz, ese instrumento que nunca ha sido el fuerte de Ciccone y en estos tiempos mucho menos. Es cuchillo para su propia garganta, nunca mejor dicho.

Con una puesta en escena en su estilo pomposo, una Madonna con parche, negros y brillos, surge del fondo para iniciar el primer verso del canto profano. La tragedia, la catástrofe, el apocalipsis de la otrora ambición rubia. Tres, cuatro, cinco versos y tres, cuatro, cinco fallos clamorosos en la afinación. Cualquier cantante amateur de un karaoke del tercer mundo habría cantando mejor Like a Prayer que su propia autora. 

No voy a caer en la fantasía de que Madonna ha sido un dechado de virtudes vocales sobre un escenario (lo suyo es la performance) pero lo de anoche fue un despropósito sin parangón en su carrera. No siquiera causaba molestia o rechazo su absoluta incapacidad de hilar dos fraseos afinados, en realidad me causaba tristeza, pena ajena, melancolía. Esta es Madonna, la Reina del Pop, abdicando y diciéndole a las masas millenials del euroshow que se acababa lo que se daba. 

Nunca fue recibido con tanto alivio el playback cuando “cantó” la segunda canción (de las nuevas, cuyo título francamente no recuerdo y ni vale la pena recordar, podría titularse de cualquier manera y daría lo mismo) acompañada por un rapper de nombre equis (Quavo). El numerito de las banderas de Israel y Palestina lució como un desesperado intento de agitar el avispero, de aportar un nuevo “escándalo” para el expediente Ciccone. 

Madonna seguirá con sus asuntos, con sus giras y sacando discos mientras sus contables le digan que puede hacerlo sin perder dinero, pero la Madonna de anoche es la violinista del Titanic. Su carrera continuará pero el sutil descenso se convirtió, en una canción, en caída libre sin red de seguridad. La Reina del Pop murió artísticamente, dejando vacío un trono hecho a su medida. Quien podrá tomar el testigo es un asunto sin respuesta, porque Lady Gaga o Beyonce -por citar dos nombres de peso- son pececillos inofensivos junto a la matriarca de la polémica. 

Con Madonna se va una líder, un modelo y un tótem cultural. Se fue, sí, se fue, y lo hizo en Eurovisión -otro hito negro para el show de los fenómenos-. Aunque siga dando conciertos, Madonna -la Madonna de todos- ya no está ahí.





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