Enfrentarse a pecho descubierto a un nuevo disco de The Smashing Pumpkins es una experiencia funambulista. Pasos inseguros entre la desconfianza y la gloria. Oceania, noveno álbum de la banda, es probablemente su disco más maduro, de lo mejor que han sacado desde ese monumento llamado «Mellon Collie and the Infinite Sadness» del lejano 1995. En Oceania, Billy Corgan ha tenido su particular punto de inflexión como compositor e intérprete. El disco reúne una cantidad ingente de hermosas melodías, drásticas guitarras y unos arreglos a medio camino entre el hard rock clásico y la más pura tradición pop de calidad.
Este maravilloso disco merece una disección en profundidad. Manos a la obra.
Quasar de entrada es una bomba, un tema muy fuerte, correoso. Poderío y un estribillo breve e inolvidable. Inmejorable para abrir el disco. Toda una declaración de principios y caballo de batalla.
Panopticon no se queda atrás. Las guitarras de Jeff Schroeder y Billy Corgan se pasean en una marea de riffs emocionantes. Mike Byrne lo embellece todo con unos redobles dinámicos y contundentes. Una interpretación grupal sobresaliente.
The Celestials es uno de los pilares de este disco. Guitarras acústicas cristalinas, el bajo de Nicole Fiorentino aportando carácter y movimiento con unas líneas memorables. La voz de Corgan y coros de Nicole son inmejorables. La melodía de este tema es sencillamente perfecta, tiene todo el potencial para ser un gran single.
Violet Rays tiene una entrada sin fisuras, que mimetiza Pink Floyd con Saga (así como lo leen). Los teclados son imprescindibles en la anatomía de este gran tema. Sabor al clásico Smashing. Sobresaliente.
My Love is Winter es la joya de Oceania. Aúna preciosismo con unas líneas de bajo cortesía de Nicole realmente memorables. Dinámicos arpegios de sintetizador, coros etéreos y una interpretación en general soberbia. Billy Corgan definitivamente está de regreso por temas como este. La mejor canción del disco.
One Diamond One Heart es lo más flojo del disco. Un teclado demasiado recargado y una melodía común. Todo disco, hasta el más genial necesita rellenos y éste es el de Oceanía.
Pinwheels, con su eterna intro de sintetizadores, es la antesala para este tema inmaculado, de sonido transparente. Billy y Nicole armonizando vocalmente, con una gran guitarra acústica y un solo eléctrico al final, conmueven hasta a una roca.
Oceania es un medio tempo. Una delicia de nueve minutos. Las líneas de guitarras en contrapunto a la base rítmica de Byrne son cardinalmente perfectas. Con su fascinante estribillo nos regresa al «Mellon Collie and the infinite Sadness».
Pale Horse es otro tema lento, menos brillante que el anterior pero igualmente dentro de los estándares de calidad de un álbum llamado a hacer historia. El tiempo dirá.
The Chimera debe su existencia al Siamese Dream y se nota en esas guitarras a lo «Rocket» y a lo «Today». Reminiscente a esa inocencia rockera de un Corgan que aun tenía riffs frescos en su testa.
Glissandra. Mike Byrne se adueña del tema con unos redobles endemoniados a lo largo de toda la interpretación. No decepciona en ningún punto. Excelente.
Inkless es el otro relleno del disco. Una canción normal. Sólo aceptable. Pasamos a la siguiente.
Wildflower es el «Farewell and Goodnight» de Oceania. Cierra el disco con una nana hermosa y etérea. Después de este viaje sonoro, relajación y con la mirada hacia adentro. Belleza y delicadeza a lo Corgan.
Es un disco que todo buen oyente debería tener en su colección. No dejará indiferente a ningún oído educado. Billy Corgan, al fin, nos lleva a la gloria con Oceania y nos enseña que a veces hay una luz al final del túnel.
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