Les contamos su concierto en el Auditorio Paco de Lucía de Alcorcón del 12 de septiembre
[Ricardo Portman] @ecosdelvinilo | @ricardoportman_
Hay bandas que hacen canciones. Hay bandas que construyen discos. Y después están aquellas que, con el paso de los años, terminan levantando un universo propio. Rufus T. Firefly lleva tiempo habitando ese lugar.
Anoche, 12 de septiembre, en el Auditorio Paco de Lucía de Alcorcón, volvió a quedar demostrado que lo de Víctor Cabezuelo y Julia Martín-Maestro, con Carlos Campos, Juan Feo, Manola y Miguel de Lucas es mucho más que una cuestión de canciones. Hay una manera de entender el directo, una forma de mirar al público y de devolverle cada nota, cada silencio y cada emoción, que convierte sus conciertos en algo mucho más cercano a una experiencia que a una sucesión de temas. Yo llegaba a Alcorcón con esa sensación que producen las bandas que uno quiere de verdad. No la admiración distante del crítico que observa desde fuera, sino algo bastante más difícil de explicar: pasión, respeto y amor por lo que hacen.

Porque con Rufus T. Firefly sucede algo extraño. Uno puede analizar sus discos, hablar de sus influencias, recorrer su trayectoria desde aquellos primeros pasos hasta la madurez alcanzada en Magnolia, Loto, El Largo Mañana o Todas Las Cosas Buenas. Puede hablar de psicodelia, rock, soul, electrónica, de los ecos de los setenta o de esa permanente voluntad de ampliar los límites de su sonido. Pero después llega el directo y todas esas palabras se quedan pequeñas. Porque a esta banda hay que vivirla. Y anoche tocaba vivirles.
Las primeras notas de El Coro del Amanecer fueron algo más que el comienzo de un concierto. Fueron la puerta de entrada a ese universo particular del grupo. Después de tantos años, Rufus T. Firefly posee algo que no se puede ensayar: una identidad. Se reconoce su música en cuanto aparece. Y, sin embargo, nunca suena acomodada. Ahí reside buena parte de su grandeza.
Todas Las Cosas Buenas confirmó desde el principio que el presente de la banda no es un apéndice de su pasado. El disco de 2025 no ha llegado para cerrar una etapa, sino para demostrar que aquella búsqueda iniciada años atrás continúa viva. Y mientras escuchaba a la banda crecer sobre el escenario pensé precisamente en eso: en el camino recorrido. Desde Nueve, aquel disco que empezó a colocarles definitivamente en el mapa, hasta Magnolia, la obra que abrió una dimensión nueva en su sonido; desde la prolongación de aquel universo en Loto hasta la sensualidad y el componente soul de El Largo Mañana. Rufus T. Firefly nunca ha entendido la evolución como una obligación, sino como una necesidad. Y quizá por eso siguen sonando tan reconocibles. Porque han cambiado sin dejar de ser ellos.
Llegó uno de los clásicos del álbum Magnolia, Tsukamori y la noche empezó a adquirir otra densidad. Después Polvo de Diamantes. Y ahí apareció uno de los grandes secretos de esta banda: la capacidad de sonar gigantesca sin perder el detalle. El grupo sonó compacto, poderoso, extraordinariamente compenetrado. No había piezas sueltas. No había músicos intentando demostrar individualmente nada. Había un organismo. Un solo cuerpo musical respirando al mismo tiempo, donde los arreglos pueden multiplicarse hasta convertirse en verdaderas arquitecturas sonoras. El secreto está en que todo termina encajando. Y cuando encaja, sucede algo maravilloso. Dejas de escuchar instrumentos. Escuchas vida.
Pulp Fiction, otro de los highlights de Magnolia, llegó sorpresivamente porque tenían tiempo sin tocarla (según nos confirmó el propio Víctor desde el escenario) y nos llevó un paso más allá, a aquel lugar donde “estamos a mil jodidas millas de estar bien” pero donde somos tan felices, a nuestra manera.
Y entonces llegó uno de los momentos que, personalmente, más me emocionaron de toda la noche: Ceci n´est pas une pipe. Julia, el corazón, el pulso, la solemnidad de Rufus dejando la baquetas a Juan y poniéndose al frente del escenario para cantar de una manera tan sutil como dinámica. No necesitó imponerse. No necesitó levantar la voz para llenar el espacio. Su interpretación tuvo algo casi hipnótico, una fragilidad aparente que escondía una enorme fuerza expresiva. Y ahí comprendí otra vez por qué Rufus T. Firefly funciona como funciona. Porque la banda puede ser poderosa, psicodélica, expansiva y eléctrica, pero también sabe detenerse. Sabe acariciar una canción. Sabe dejarla suspendida. Julia la cantó como si estuviera hablándonos al oído mientras el resto de la banda construía alrededor de ella una atmósfera casi irreal. Fue uno de esos momentos en los que el tiempo parece detenerse. Y uno simplemente escucha.

Después llegó Magnolia. Y resulta inevitable pensar en todo lo que significó aquel disco. Magnolia fue una obra de madurez, pero también de transformación en un momento de semi-desintegración (habían perdido a dos integrantes iniciales). Un álbum donde la banda llevó todavía más lejos su psicodelia y su mirada hacia la naturaleza, el amor y los grandes espacios emocionales. Escuchar ahora sus canciones en directo es asistir a una especie de segunda vida. Las canciones no pertenecen solamente al disco. Pertenecen al escenario, a quienes las hemos escuchado durante años y a noches como esta.
Lafayette y Trueno azul elevaron de nuevo la temperatura cada una desde su óptica: La primera brotando del espíritu encubierto de Curtis Mayfield; la segunda desde la vivencia y la permanencia no sólo de un vehículo entrañable sino también de aquellos seres que ocupan un lugar de privilegio en el corazón.
Hago una pausa para hablar sobre el papel fundamental de la iluminación del escenario. Colores vivos, contundentes, utilizados con una inteligencia visual extraordinaria. Nada excesivamente barroco. Nada que distrajera. Al contrario. Un minimalismo cromático tremendamente impactante. Fue como un acto de regresión al Where The Streets Have No Name de U2 en aquel lejano Rattle and Hum (cuando el rojo empapaba las pantallas). La luz no estaba ahí para decorar. Estaba contando cosas. Cada cambio cromático parecía modificar el estado emocional de la canción. El escenario podía convertirse en una superficie casi abstracta y, al mismo tiempo, transmitir una sensación perfectamente definida.
Sigo con el setlist. Con Dron Sobrevolando Castilla-La Mancha el concierto alcanzó uno de sus momentos más envolventes. Hay canciones de Rufus que parecen escritas desde tierra y hay otras que parecen observar el mundo desde arriba. Esta pertenece a las segundas. El título ya contiene una imagen cinematográfica, pero en directo esa imagen se convierte en experiencia de tecnología y expresión corporal al servicio del arte. Durante unos minutos uno tiene la sensación de estar contemplando un paisaje desde un lugar imposible.
Después llegó la oda definitiva, la canción freak de amor que todos deseamos haber escrito, Nebulosa Jade. Cada palabra de sus estrofas significa mucho para todos los que hemos acompañado al grupo de Aranjuez a lo largo de los años y es un episodio casi litúrgico cada vez que la tocan sobre un escenario: se convierte en un acto de comunión entre los músicos y la gente. Supongo que es el poder intangible del amor en su forma más pura.

La Plaza nos devolvió a una dimensión más cercana y más nuestra. Es una de las canciones estelares de su álbum más reciente y la percibo siempre un poco como la conciencia detrás del concepto.
Antes hablaba de liturgia y debo volver a hacerlo con la performance cautivadora de Canción de Paz. No hubo necesidad de grandes discursos. Los arpegios nos dejaban entrar a la sala de estar más acogedora que puedas imaginar. A un shangri-la de canto comunal, brazos en alto y corazones encogidos.
El concierto comenzaba a aproximarse a su final. Pero todavía quedaban tres canciones y tres maneras diferentes de entender el final.
El Principio de Todo. Un título hermoso para cuando uno empieza a sentir que todo se acaba. Porque, en el fondo, los conciertos tienen algo de eso: terminan precisamente cuando más dentro estamos de ellos. Después, Sé dónde van los patos cuando se congela el lago. Una de esas canciones que parecen vivir en un territorio propio, entre la melancolía y la esperanza.
Y entonces llegó Rio Wolf y todo explotó. El aullidoen la batalla. La última gran sacudida. Si hasta ese momento el concierto había jugado con la atmósfera, la emoción, el espacio y el color, Rio Wolffue la liberación de toda esa energía acumulada. Electricidad pura. Una banda completamente entregada. Un público recibiendo el impacto. Y esa sensación maravillosa de que, cuando un grupo sabe cerrar un concierto, no necesita pedir nada más. Simplemente deja que la última canción haga el trabajo.
Me quedo con muchas imágenes de la noche que se escapan de mi memoria pero, sobre todo, me quedo con algo que no aparece en ningún setlist: El compromiso. Rufus T. Firefly han recorrido un largo camino. Han crecido, han cambiado, han experimentado, han arriesgado. Y a pesar de tantos años de carrera hay algo que permanece. La honestidad. La necesidad artesana de hacer música. La voluntad zen de cuidar las canciones. Y, sobre todo, el respeto por el público. Anoche vimos cómo una banda que no tiene nada que demostrar sigue creyendo desde la humildad que el sonido es una fuerza transformadora. Y cuando eso sucede, la música deja de ser solamente música. Se convierte en luz. |

Setlist: El Coro del amanecer, Todas Las Cosas Buenas, Tsukamori, Polvo de Diamantes, Pulp Fiction, Ceci n´est pas une pipe, Magnolia, Lafayette, Trueno azul, Dron Sobrevolando Castilla-La Mancha, Nebulosa Jade, La Plaza, Canción de paz, El Principio de Todo, Sé dónde van los patos cuando se congela el lago, Rio Wolf.
Fotos: Ricardo Portman.
Sobre el autor de la crónica:
RICARDO PORTMAN: Fundador y editor de Ecos del Vinilo, es periodista y crítico musical, criado y alimentado por el rock n’ roll; creció a la vera de The Beatles, los Stones, The Doors, Pink Floyd y Queen, compañeros de viaje que fueron nutriendo el banco de datos de una mente que siempre se ha movido en acordes, estrofas y vinilos. – @ricardoportman_ | @ecosdelvinilo
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