Crítica | Ricardo Portman: Al calor de un Shangri-La lo-fi

Crítica | Ricardo Portman: Al calor de un Shangri-La lo-fi


[Alfonso Muñoz] @ecosdelvinilo | @Alfonsonic75

Lo orgánico en la música no está de moda. Es así. Gustan los sonidos artificiales, los discos cocinado en la Airfryer, las voces con el gotelé de los efectos encubridores. El que apueste por la old school lo lleva claro, si es que le importan cosas tan vacías como las métricas, los festivales kindergarten y ese ridículo territorio musical que muchos llaman “indie”. Ricardo Portman decidió, con su música, apostar por la bendita inconsciencia del vuelo kamikaze, porque es un suicidio heroico el sacar discos que parecen grabados en 1975. Old Church Street llega como su cuarto disco y no tengo dudas: Este es su mejor álbum. 

Son nueve las canciones que se grabaron en Chelsea y eso ya predispone a exigir nivel. Mis expectativas y, por qué no, desconfianza, quedaron diluidas con la escucha de los dos primeros temas (que fueron los singles) Mean Mother Mary y Mind Your Head. El primero es un blues ferroviario, una working-song que me remite a los aires de aquel lejano Jamming With Edward, disco semi/bootleg de los Stones Jagger, Wyman y Watts con Ry Cooder y Nicky Hopkins. El segundo es un blues rural en lo sonoro, cuya composición se realizó en un autobús londinense, casi nada. Esto es guitarras acústicas impecables, una blues harp afilada y una línea melódica redonda. La letra es una hostia metafórica para despertar de una relación tóxica. 

Cuando me empiezo a creer que este es un disco ortodoxamente blues llegan dos cortes que me mueven el suelo, con un cambio de registro que me lleva a algo más soul, más soft rock de la costa oeste. The Enemy me lleva a un Laurel Canyon alternativo, con las guitarras llevando el motivo rítmico y el añadido de un piano solemne y fantasmal. Malibu es puro reverb nocturno, una balada sutil y profunda, que abraza y susurra promesas californianas. Estas dos canciones son, para mi, de las mejores de su autor. 

Que llega primero, ¿la letra o la música? es una pregunta que tiene fácil respuesta con la siguiente canción, Sunset Eyes, donde es evidente que la letra buscaba la música y no al revés. La estrofas son preciosas, con una poesía expresiva cargada de simbolismo y mensajes velados, con el amor como punto focal pero con ramificaciones hacia jardines de senderos que se bifurcan (si me permiten citar a Borges). La letra de Sunset Eyes es para mi el gran paso adelante de Portman como letrista.

Una de las canciones donde más percibo el espíritu londinense es The Serpentine, que me remite a ese encantador estanque en Hyde Park y puedo imaginar a Portman paseándose por sus espacios cantándole a su compañera, porque salta a los sentidos que The Serpentine es una expansión de su composición Smith, corte que pertenece a su disco anterior Turpentine. Que ambas estén tocadas con afinación en Sol abierto evidencia su hermandad. 

Hay canciones-puente muy necesarias para unir las secciones de un disco y Crystal G Blues cumple a cabalidad con esta tarea, asomando además un lado casi experimental, donde el minimalismo gobierna y la lírica, breve y combativa, golpea. El puente colgante de Crystal G Blues lleva a la descarga blues rock de The Devil Pays With Treason, donde Portman echa el resto con una oleada de instrumentación: guitarras acústicas y eléctricas, armónica, percusión, slide, órgano. Resultado: Un himno americano grabado a orillas del Támesis que bien pudo ser también un single promocional (y sí, ¡el diablo paga con traición!). 

El tema que cierra el disco es la jam desmelenada Justice Walk, una neurosis blues que hay que escuchar con cascos por el juego en estéreo, con una coda pletórica donde se repite hasta el infinito un “Not Guilty” que se pierde en una espiral de bourbon y nicotina. Vaya bestialidad de cierre.

Hasta aquí llega Old Church Street, que se me pasó volando, sin darme cuenta. La brevedad es una invitación a volver al inicio, con la certeza que seguiré escuchando detalles inesperados si agudizo el oído, tal como pasaba con los discos de antes. Afortunadamente este álbum no lo encontrarás en las recomendaciones de la prensa musical mainstream. Que los demás sigan con el “indie”, a mi déjenme al calor de este Shangri-La lo-fi.

Lo mejor: La autenticidad a ultranza, el nivel de las composiciones, la brillante interpretación. Lo peor: Aquí no hay un “peor”. Te gustará: Si disfrutas tanto la música de raíz americana como el british sound, Nick Drake, Keith Richards y Syd Barrett y si te fascina la mística de las caras B de los singles de los sesenta y setenta.

Sobre el autor de la crítica:

ALFONSO MUÑOZ: Reviewer, lover and hater. La música es demasiado importante como para ignorar a los que la destruyen. De la Creedence a Prince, todo está permitido. – @Alfonsonic75

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