“No hay página carente de espontaneidad, lo que convierte al libro en una obra atrayente y comercial propia de un buen juglar”
[Teresa Cerón López] @ecosdelvinilo
Un par de apuntes breves sobre David Otero harán que sitúen las historias que relata en Precipicio Al Mar: Compositor y guitarra de El Canto Del Loco, artífice de una carrera bastante sólida como solista, y padre de dos niños a los que dedica este, su primer libro. Una deliciosa obra plagada de recuerdos que rescata sutilmente David por si la memoria, algún día, se empeñara en arrumbarlos en el desván de los trastos inservibles.
Y es que si alguna enseñanza sacan ustedes de Precipicio Al Mar, es la de aprender a seleccionar (aunque les cueste) esos pequeños instantes de súbita felicidad, llamémosle cotidiana, que a la postre darán forma al ser humano que somos.
El título del libro es tan evocador como la canción de la que lo toma prestado; pertenece a 1980, su último disco; probablemente el más redondo y fresco que ha parido, y con el que sigue rodando por nuestra geografía.
Pues bien, la obra que nos ocupa huele un poquito a salitre, y es tan azul como el mar que inspiró la canción, o la portada que lo ilustra, y que en cierta manera nos transporta a esos acantilados desde los que David diviso un día la costa marroquí. Y es allí donde comienza a bucear por su pasado, (infancia, hermanos, herencia de sus padres) y encara el presente a base de tallar estampas que el lector hace suyas como si se tratase de un espectador en la primera fila de un concierto. Aunque no se engañen, en Precipicio Al Mar prácticamente todas las canciones versan sobre un único tema: La paternidad narrada por los ojos de un hombre joven perdido en la búsqueda de nuevos senderos que le permitan entender en qué consiste el juego de ver cómo despega por sí mismo un hijo.
En este libro hay magia. Mucha. Se palpa en cada palabra empleada con sumo cuidado por David para acercarnos más al arte de su oficio como padre y músico. Es maestro intercalando datos que lo mismo te conducen al estudio que alquiló en Buenos Aires para grabar su segundo disco, que a ese caluroso diciembre argentino en el que nació su hija Luna. De hecho, si ustedes cierran los ojos, podrán imaginarlo paseando, montando en bici y surfeando al encuentro de la inspiración gracias a la naturalidad con la que se exponen los episodios que tiene a bien regalarnos.
Tanto si son fans de sus canciones como si no, les resultará curioso saber ciertos datos sobre giras, grabaciones y conciertos, a la par que sus conversaciones cósmicas con la prole. Mención aparte merecen todos los datos que definen y glorifican a una generación que ronda los cuarenta, y posee rasgos definitorios- Star Wars, Bola de Dragón, Hora de Aventuras o el Monkey Island- que es muy suya, y muy nuestra también.
No hay página carente de espontaneidad, lo que convierte al libro en una obra atrayente y comercial propia de un buen juglar.
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