Esta es la nueva sección de nuestra firma Teresa Cerón y la inicia con el segundo -y definitivo- disco de Sheryl Crow
[Teresa Cerón López] @ecosdelvinilo
Tuesday Night Music Club cumplió 25 años en 2018. Para celebrarlo, Sheryl Crow, mamá de la criatura, lanzaba al mercado por tiempo limitado una preciosa edición de su primer disco en formato vinilo para deleite de sus parroquianos.
Recordaba la Crow, en una entrevista promocional a propósito del lanzamiento, que nunca nadie le había regalado nada. Hasta que repararon en su existencia, trabajó como segundona con todo tipo de artistas, así que cuando el éxito la alcanzó con 33 años, confiesa que sus botas ya estaban muy gastadas como para que se le subiera a la cabeza la fama. Un día, alguien se percató de sus enormes cualidades como compositora de sesión y le concedió el honor de grabar un set de canciones propias en las que la de Missouri había estado trabajando. Tristemente, esas canciones en las manos torpes de terceros, se transformaron en un puñado de hits orientados al público adolescente que no alcanzaron las expectativas de Sheryl, de tal modo que las acabó sepultando en un cajón. Para curarse la pena sirvió a Michael Jackson como apoyo vocal en la exitosa gira BAD, y pasado un tiempo, el bueno de Bill Bottrell le produjo una magnífica jam session con colegas de toda la vida que tituló “Tuesday Night”. En 1993, su nombre sonaba en las emisoras de radio de todo el mundo. Es más, en la MTV era un reclamo diario. Pero no fue hasta el lanzamiento de su segundo material discográfico cuando se concretó el verdadero sonido al que aspiraba Sheryl.
El 24 de septiembre de 1996 lanzó al mercado “Sheryl Crow”, un auténtico puntal en su carrera como intérprete. Muchos de sus fans lo calificamos como “el disco definitivo” cuando repasamos su discografía, y por qué no decirlo, para muchos de nosotros es uno de los discos más emblemáticos de finales de los 90. En “Sheryl Crow” vemos perfectamente condensado el famoso movimiento songwriter de la época, y en cierto modo, una aglutinación perfecta de elementos definitorios del pop y del rock. Es un material que rezuma posmodernidad lo pilles por la canción que lo pilles; recuerdo leer críticas en diversos medios especializados de la época que confluían en el mismo punto: Todas apuntaban que el disco era impecable y equilibraba un montón de géneros magistralmente en una sola tajada.
Hoy, revisándolo con la perspectiva que otorga el tiempo, creo que la música más pop de aquellos años se movió por la senda que la Crow marcó sin pretenderlo con este puñado de canciones, que van de la oscuridad más profunda que solo puede alcanzarse con un buen tema de rock alternativo, hasta la canción más popera y bailable que nos podamos imaginar cualquier noche de sábado. En este elepé se mezclan elementos que van del jazz al blues, pasando por el country, el grunge, o las cajas de ritmos chispeantes y despreocupadas. En definitiva, un set digno de ser analizado porque cada elemento, por pequeño que sea, tiene su función. Incluso las letras son magníficas, de mayor calado que las de su primer disco. Irrepetibles hasta el día de hoy, señores.
Sheryl sabía perfectamente cómo quería que sonaran sus canciones, trabajó en el estudio con dos grandes: Tchad Blake y Mitchell Froom, fieles a los sueños musicales de la cantautora. Tras meses de encierro, entregaron al público un disco redondo de hermosas perlas musicales atractivas a los oídos de todo el mundo. Quedaron contentos los entendidos de hard rock por algunos de sus riffs; en igual medida los amantes de lo electrónico; algo menos los bluseros; y mucho más los seguidores de melodías pop. En “Sheryl Crow” nada aburre. No hay textos tediosos, ni interpretaciones dramáticas que suelan ir acompañadas de cuerdas monótonas. Lo que sí que hay son muchos efectos que visten a las canciones de originalidad; son algo parecido a un gancho para el oyente, ya sea a través de los sintetizadores, o las guitarras distorsionadas. Aunque han pasado los años, las canciones resisten de maravilla al paso del tiempo porque entran fácilmente en la cabeza. Son frascos pequeñitos de luz incandescente aunque escondan una secreta atmósfera de oscuridad. Estoy convencida de que todos ustedes recuerdan tres hits bestiales que encumbraron a Crow en las ondas de Los 40 Principales. ¿Quién no ha tarareado hasta la saciedad el estribillo de If It Makes You Happy?. El rojo de labios que Sheryl llevaba en el videoclip de la canción se agotó a los pocos días de su estreno en televisión, y esa fue la prueba definitiva, de que la muchacha estaba perfectamente preparada para fabricar pelotazos.
Los versos de este primer single son rotundos, y la calidad vocal de su intérprete engancha hasta tal punto que, el ritmo crece poderosamente conforme avanza por nuestros tímpanos. No contenta con el dinero que estaba facturando, la disquera escupe otro segundo temazo en la FM. Me refiero a A Change (Would Do You Good) que vino acompañado por un videoclip en blanco y negro. Sheryl Crow cantaba mirando a la cámara en plena calle con mirada desafiante unas estrofas que, nos hacían temblar de placer. Fue muy alabada la intro por ese riff acústico, y los sintetizadores luminosos que se ocupan de alimentar el sonido. La letra, con ese estribillo pegadizo, invita al rock feliz. Y qué decir de la interpretación vocal de Sheryl cuando la defendía en vivo…. Perfección absoluta.
Me encantan los versos que rezan : “Hola / Soy yo/ No estoy en casa/ Si desea ponerse en contacto conmigo/ Déjeme en paz”. Poco más que añadir.
Otro single cuidado, y presentado a través de un puñado de rostros en blanco y negro representantes de esa America profunda y rural a la que cantaba el bueno de Cash, es Home. Es una balada pequeñita de arreglos sobresalientes que hacen las delicias de cualquier baladista que se precie con una bendita guitarra slide. La letra es preciosa, a mil años luz de otra pieza clave en el estrellato de este disco. Estoy hablando de Every Day Is A Winding Road, que arranca con unas congas y bongos divertidos a más no poder. La cancioncita puede presumir de tener un riff contagioso, de hacerle un guiño al funky, al blues, de tener unas guitarras bestiales, y ser la dueña de un estribillo que representa la cara más bonita del pop : “ Cada día es un camino serpenteante/ Me acercó un poco más / Cada día es un rótulo borroso/ Me acerco un poco más para sentirme bien”.
Todas las piezas de este puzzle encajan entre sí. No tenemos más que dar una escucha completa al álbum para percatarnos de que hasta el primer corte de Sheryl Crow, está escogido adrede. Se titula Maybe Angels, y es una joya que habla de la salvación humana principalmente. Su letra se sustenta en la figura de los angeles. Hay cielos, hay temores musicalizados, y ante todo, la idea de que la oscuridad también puede ser linda. Creo que es una canción que hace equilibrio por una delgada línea que va de lo trágico a lo lento, su riff zeppeliano tiene mucha culpa de la suciedad que emana, y su impactante sonoridad es el anuncio de que estamos ante un disco hecho con el corazón.
De Sweet Rosalyn me gusta el coro. No sé a ustedes, pero a mi se me antoja muy Stone, muy rockera en sus formas, pero con doble de azúcar. La emotividad va de la mano de Redemption Day. Sus engranajes se mueven bien: Una guitarra eléctrica oscura, una guitarra acústica, una guitarra country , un órgano de fondo algo psicodélico, una melodía que se repite, y una voz súper incisiva. Todo lo opuesto a It’s Hard To Make A Stand, la cual posee un estribillo a lo Bob Dylan evidente, una melodía contagiosa, y un riff stone muy molón: “El tiempo de regalar flores se está perdiendo” -dice Sheryl- “necesitamos una revelación”. En Love Is A Good Thing, la de Missouri rockea parapetada en sus guitarras wah-wah; cabe destacar sus teclados jazz y esos órgano inflamables; el sarcasmo de su letra fue una cruz para la cadena de supermercados Wal-Mart, que terminó condenando a Crow por atrevida, y vetando su letra en los pasillos.
Del resto de canciones, decir que están a la altura de las elegidas como singles: Oh Marie es agradable, una canción country exquisita. De Superstar sobresale la intro y su talante animoso para rockear; es mucho más comercial que The Book, una balada que oprime por su atmósfera inquietante; Ordinary Morning es puro blues comercial, y con Sad Sad World se cierra un elepé perfecto a golpe de balada country , casi de la misma manera en que empezó: Deleitando con música el oído y el corazón.
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