«Jerry Lee es un animal en el piano, un portento de la naturaleza al que le ciega el ego. A Cash le atrae su parte espiritual, el compañero de giras infinitas»
[Teresa Cerón López] @ecosdelvinilo
No importa en qué momento de nuestras vidas lleguemos a Johnny Cash, lo importante es la impronta que deja en el alma conforme vamos adentrándonos en su discografía. Diseccionamos sus discos, nos empapamos del fraseo de sus canciones interpretadas por su genuina voz de tono grave, y de repente, nos descubrimos pensando en él como en una figura protectora. Una especie de padre conciliador, imperturbable al paso de los años, aún después de haber abandonado este mundo admitiendo que, ante todo, era un ser lleno de contradicciones y miedos.
Pocos años después de su muerte, Cash ya había alcanzado el estatus de mito dentro de una América que se sentía plenamente retratada en sus canciones, porque si algo hizo como nadie fue poner voz a la sociedad desfavorecida. La que vivía endeudada, la que sufría las consecuencias nefastas de guerras que se encadenaban entre sí, la del New Deal, la que volvía a caer después de levantarse.
De todo ello, de sus orígenes humildes trabajando con sus padres en una plantación de algodón en Kingsland (Arkansas) cuando tan solo era J.R, hasta la irrupción en su vida artística del productor Rick Rubin, cuando Cash era ya una estrella prácticamente sepultada en las emisoras de radio allá por los noventa, versa el último lanzamiento de la joven editorial Los Libros del Kultrum, dispuesta a llenar el vacío bibliográfico musical que existe en España, reeditando “Cash. La Autobiografía de Johnny Cash” publicada en 1997. Con Un hermoso prólogo de Ignacio Juliá, es este segundo volumen la continuación de “Man In Black”, primera parte de sus memorias publicadas en 1985.
Con una vida intensa tanto en lo personal como en lo artístico, es obvio pensar que un solo tomo no podría abarcar demasiado. Para dar continuidad a sus pensamientos, Cash escupía recuerdos a golpe de grabadora desde su casa jamaicana, aunque recorre todos y cada uno de los lugares en los que fue feliz, y también muy desgraciado. El escritor Patrick Carr aporta su grano de arena dando un toque de literalidad a esta segunda entrega, restando brutalidad a las palabras del autor de Cry, Cry, Cry, logrando que el lector sienta que tiene frente a sí al Cash hombre hablándole sin acritud.
Nada es superfluo en el relato de Cash. Articula su memoria en cinco partes: Cinnamon Hill, La Carretera, Port Richey, Bon Aqua, y Otra Vez En La Carretera. Dentro de ellas, hay capítulos maravillosos que dan la sensación de estar dirigidos al público más joven. A nosotros. A los rezagados que por obra y gracia de Rubin, nos topamos de bruces con un compositor mayúsculo en los noventa. A los que no teníamos ni idea de su gran aportación a la música en los cincuenta, en los sesenta, o en los setenta junto a estrellas de la talla de Elvis, Roy Orbison, o Jerry Lee Lewis. Es fascinante leer lo que Cash opina de los padres del Rock And Roll cuando tan solo se encontraba en sus orígenes. Sorprende la imagen que proyecta sobre Elvis Presley (al que considera el mejor guitarrista rítmico de todos los tiempos) como la de un hombre demasiado preocupado por las críticas del mundillo, y por tanto, encerrado en su propia cárcel. Por Roy Orbison siente añoranza y mucho respeto mientras narra su drama familiar, alabando el modo estoico con el que afronta pérdidas materiales, y muertes dolorosas en un breve periodo de tiempo, para volver renacido al escenario. Jerry Lee es un animal en el piano, un portento de la naturaleza al que le ciega el ego. A Cash le atrae su parte espiritual, el compañero de giras infinitas, el que en ocasiones, también se siente vulnerable.
Se hace parada en los años gloriosos de Sun Records, y en la manera de manejar a los artistas más importantes de la época, con tal de que produjeran riqueza. Por estas páginas se pasean Carl Perkins, Faraón Young, Tom Petty, Joan Báez, Bob Dylan, Willie Nelson, y Kris Kristofferson, intercalando recuerdos personales con acontecimientos cruciales en su carrera, manejando fechas y nombres sin que el lector se pierda. Hay tanto grano en lo que cuenta que cuesta quedarse con un pasaje. Atiende a los bulos sobre su persona, y jura que nunca estuvo en prisión. Tan solo lo detuvieron durante horas en varias ocasiones, alimentando su leyenda negra. Se explaya recordando, con la perspectiva que le dan los años, las consecuencias nefastas que las anfetaminas tuvieron en su carrera: Llegó a cancelar shows porque no se mantenía en pie, olvidaba letras, y perdía la voz repentinamente, provocando su ira, y posteriormente, su remordimiento como cristiano.
Creo que es aquí donde por vez primera retrocede a sus once años de vida. Sentado en el porche de su casa viendo el sol caer, vuelve a sentir el dolor en una de sus costillas rotas. Para mitigar el sufrimiento, el doctor le administra morfina, provocando en el niño un efecto placentero mientras se encuentra tendido en la cama de un hospital. Desde ese día, el joven Cash buscaría volver a sentirse en el limbo una y mil veces más. En estas memorias se detiene largo y tendido en explicar su proceso de sanación, centrando la atención del lector en el crucial papel que desempeñó su segunda esposa, June Carter, de la que admira el carácter animoso y su lealtad a prueba de bombas. A propósito de la figura de June, Cash aprovecha para reivindicar la gran aportación de la familia Carter a la música americana. De este modo ensalza la figura de su suegra Maybelle, la de Anita, Helen, y la propia June Carter, eclipsada como compositora, desde el día que unió vida y talento a la suya.
El Hombre de Negro es un gran narrador, por momentos su relato es tan distendido, que te hace reír, como en el episodio en el que explica que, peleando con un avestruz, por poco muere, o nos asombra revelando que encontró verdaderamente la fe, al salir de una cueva dentro de la cual se encontraba perdido. Se reconoce un gran lector de La Biblia, y de poetas como Milton. Si piensa en la música que lo acompaña, y en la que lo inspira, admite que “The Freewheelin’ Bob Dylan” es uno de sus discos favoritos de todos los tiempos. Si cierra los ojos, escucha la voz de su madre entonando viejas canciones de Gospel, ella fue la primera en creer que, el pequeño J. R, poseía en la voz el mismo don del que presumía su abuelo materno. De las vacas gordas de los sesenta y setenta (con programa de televisión incluido), pasa al ostracismo de los ochenta, y su renacimiento en los noventa.
Pero ya no tiene prisa, su repertorio es tan extenso, que asegura poder hacer conciertos hasta el día de su muerte tirando de viejos hits. El hombre que conoció a Nixon, Reagan y Clinton, no quiere dar lugar a dudas, y proclama que seguirá vistiendo de negro en señal de hermandad con el más pobre, el hambriento y el desesperanzado social. Su gente. Los suyos. ¡Amén, señor Cash!
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