Los orígenes acuáticos de Ronnie Wood (Primera parte)

«Todo lo que sabía del mundo estaba en las viviendas municipales de Yiewsley»



[Ricardo Portmán]

Todo y todos tienen un comienzo… hasta un Stone como Ronnie Wood. Su autobiografía, Memorias de un Rolling Stone (Global Rhythm Press), es ciertamente un cúmulo de divertidas anécdotas y recuerdos entrañables del siempre disparatado Ronnie. Pero no nos engañemos, que tras su cara de cockney travieso existe un artista inquieto y lleno de talento. Aquí les dejo una primera entrega de su libro, donde nos cuenta sobre sus orígenes.



«EL YATE DE TU PADRE
Mi historia empieza donde empiezan los dibujos. Mis hermanos y yo fuimos los primeros miembros de la familia nacidos en tierra firme; mi madre y mi padre habían venido al mundo en las barcazas del Paddington Basin, al oeste de Londres. Como mis abuelos y bisabuelos, pertenecían al grupo de los «gitanos acuáticos» que trabajaban y vivían en las aguas del Támesis. Mi padre se llamaba Arthur, aunque era más conocido como Archie. La barcaza de su familia era la Antelope. Mi madre se llamaba Mercy Leah Elizabeth, pero todo el mundo la llamaba Lizzie. La barcaza de su familia era la Orient. Y aquí estoy yo, fuera del agua en una diminuta y cálida vivienda municipal, escuchando desde la cama los sonidos del lugar. Una pareja de ancianos discute mientras camina bajo mi ventana. La ciudad es Yiewsley, y la casa el número 8 de la avenida Whitethorn. Yiewsley era un lugar muy tranquilo por las noches porque no pasaban muchos coches y después de las diez y media todo estaba cerrado. Durante los fines de se- mana, las fiestas en el número 8 animaban la noche, pero entre semana, mientras estaba acurrucado en la cama, el único ruido se producía a las once cuando Belle y su marido George volvían a casa desde el Red Cow. Belle era alta y vieja, George era bajo y aún más viejo. Caminaban por la avenida Whitethorn, a unos veinte metros de distancia el uno del otro, peleando a voz en grito.
Ella le chillaba: «No te atrevas a hablarme de ese modo», y yo, tumbado en la cama, pensaba: ahí está Belle. Al cabo de un minuto, George, que iba delante, gritaba: «Cierra el pico, vaca vieja», y yo me decía: ahí está George. Con ellos podías poner el reloj en hora.
Después de cenar, a mi familia le encantaba reunirse alrededor de la radio para escuchar las comedias radiofónicas. Aquellas escenas de nuestra vida real parecían una prolongación de los episodios que se escuchaban en programas como Take It From Here de Jimmy Edwards o The Goons y Life with the Lyons de Frankie Howerd.
El número 8 de la avenida Whitethorn fue el primer hogar en tierra firme para mis padres, y para mí el centro del universo durante los primeros quince años de mi vida. Nuestra vivienda municipal era una casa de dos plantas con dos habitaciones en cada una más un minúsculo desván en lo alto de la escalera. Allí apenas cabía una cama pequeña, y todo el mundo en la manzana se refería a ese cuarto como «la caja». Cuando yo era pequeño, mis hermanos Art y Ted compartían una habitación, mis padres tenían la suya y yo dormía en la caja.
Todo lo que sabía del mundo estaba en las viviendas municipales de Yiewsley, a la sombra del aeropuerto de Heathrow, y toda la gente que conocía vivía a tiro de piedra de la avenida Whitethorn. La mayor parte de mis tías, tíos y primos también vivía allí cerca, así que estaba rodeado por la familia. En la de mi padre eran once hermanos, y en la de mi madre, ocho. Las fábricas de ladrillos estaban cerca, y la mayoría de la gente de la zona tenía a algún pariente trabajando en ellas, o (como era el caso de mi padre y de mis abuelos) en el canal Grand Union que atravesaba Yiewsley. Todos lo llamábamos «el tajo» porque así fue como lo bautizaron los obreros irlandeses que habían cavado el terreno para construirlo.
El abuelo Sylvester Wood trabajaba en las barcas. Era un hombre menudo que vestía como un dandi a la manera de los gánsteres de Chicago: sombrero de fieltro, chaleco, reloj con cadena y clavel en el ojal. Su remolcador era el Fastnet, y cada día arrastraba cinco o seis barcazas de arena y grava desde Yiewsley a Londres para la industria de la construcción. Mi yaya Phoebe era una de sus mujeres… lo digo porque hace poco me enteré de que tenía varias. Mi tío Fred, hermano de mi madre, me contó que a Sylvester le gustaba «ir un poco de aquí para allá», y que tenía una segunda familia canal arriba en Stratford-upon-Avon, y posible- mente una tercera en Manchester…

La felicidad consiste en tener una familia grande, solícita y unida en otra ciudad.
GEORGE BURNS

Sólo conservo vagos recuerdos de Sylvester y Phoebe, pero conocí bien a mi abuelo Fred Dyer y a mi yaya Leah. Ella era la mayor de las señoritas salidas de las barcazas, y no sabía leer ni escribir. Murió cuando yo era chico, pero el abuelo Fred vivió hasta una edad avanzada. Hacia el final de su vida tuvieron que cortarle una pierna, y con su pata de palo me recordaba a un pirata. Todavía puedo verlo junto a la entrada del número 101 de la avenida Yew saludando a la gente que pasaba con varios puros y una botella de ron asomados a los bolsillos de su mandil. Yo era un niño muy menudo, lo bastante a ojos de Fred para ser tratado como una niña, así que me asignó el saludo de «hola, Ronda».
Mi madre, una de las mayores de sus siete hijas, se crió en el remolcador Orient, que estaba atracado frente al hospital St. Mary, y, como todos nosotros, siempre vistió ropas heredadas. Sus pies estaban deforma- dos por zapatos que no le iban bien, y tenía que caminar durante kilómetros junto a la yaya Leah para llevarnos y traernos de la escuela llevando a los más pequeños en una carretilla. Mi madre era diminuta, como su madre, poco más de metro y medio. Recuerdo que una vez alguien le dijo: «Señora Wood, póngase de pie», y ella respondió: «Ya estoy de pie».
En fin… Mis abuelos coincidieron con mi padre cuando trabajaban en el mismo barco. Así fue como acabaron conociéndose mis padres. Una noche mi madre acompañó a la yaya Leah al pub Nag’s Head, que estaba a unos minutos de nuestra casa. Liz entró cuando Archie estaba por allí de juerga y tocando su armónica. Mi padre me dijo que, en cuanto la vio, se dijo: «Ésa es para mí». Acababa de ganar la rifa del pub, que por entonces era una cesta con comida y bebida, e inmediatamente decidió que el premio sería para ella. La frase «has ganado el jamón» fue su manera de entablar conversación.
Mi hermano Arthur nació en 1937, y mi hermano Ted dos años más tarde. Yo llegué al mundo el 1 de junio de 1947, un año que se recordará por los numerosos avistamientos de ovnis, por la recesión de la posguerra y por el invierno más frío jamás registrado. Espero que mi nacimiento ayudara a caldear un poco el ambiente.
Yo era un niño hiperactivo, y mamá tenía miedo de que me escapara de la cocina y saliera rodando escaleras abajo por la puerta de atrás, así que me amarraba a la pata de la mesa. Era tan pequeño que podía ponerme sobre la tabla de lavar y bañarme en el fregadero.
A medida que crecía, empecé a idolatrar a mis hermanos y a intentar imitar todo lo que hacían. La mayoría de las veces, como era tan pequeño, lo único que lograba era sacarlos completamente de quicio. Mientras Art y Ted hacían sus deberes sentados a la mesa, yo me ponía de rodillas sobre una silla con lápiz y papel para imitarlos, pero lo único que conseguía era distraerlos. Art y Ted coleccionaban huevos de pájaro, y a mis tres años me pareció de lo más divertido machacarlos con un martillo. Ellos se quejaron a mamá: «Ese renacuajo que trajiste ha destrozado nuestros huevos. ¿Por qué lo has traído?». Un día tiré por el retrete todas sus carpas doradas y le dije a mamá que las había liberado. Ellos, nada contentos con lo ocurrido, no entendieron que ésa era mi manera de contraatacar. Después de aquel episodio se pasaban todo el tiempo intentando aterrorizarme. Meterme miedo a la primera oportunidad era lo que más les divertía. Aquello me tenía totalmente alterado y nervioso. No podía soportar aquel estado continuo de pánico, e incluso empecé a tartamudear. Pero, por suerte, la cosa no duró demasiado.
Había dos primas que vivían cerca: Beryl y Rita. Las dos tenían cuatro años más que yo y se pasaban mucho tiempo en nuestra casa. También disfrutaban asustándome. Fingían que eran arañas o monstruos y me despertaban de golpe o me perseguían por toda la casa mientras yo corría para salvar la vida gritando a todo pulmón. Beryl también se dedicaba a bañarme. Cuando acababa de bañar y cepillar el pelo a sus muñecas, empezaba a experimentar conmigo.
Cuando comencé a ir al colegio, teníamos un viejo pastor inglés llamado Chum: era tan grande que podía ir montado en su lomo hasta el St. Martin, a unas manzanas de casa. Chum era muy especial porque, a diferencia de los otros perros, controlaba la hora. Todas las tardes, a las tres y cuarto, Chum salía de casa, bajaba por High Street y me esperaba a la puerta del colegio. Hacia el final de su vida, cuando ya era muy viejo, caminaba tambaleándose hasta el colegio para recogerme, pero generalmente acababa tendido en mitad de la calzada. Los coches se veían obligados a parar porque Chum estaba allí tumbado esperando a su pasajero, y alguien tenía que salir de alguna tienda para sacarlo del paso de cebra.
Tras la muerte de Chum tuvimos otros perros: un labrador negro llamado Buster y un perro mestizo llamado Kim, al que hubo que sacrificar porque mordía a todo el mundo en el barrio. Cuando pregunté dónde estaba Kim, mi padre me dijo que lo había llevado a una granja. Yo sabía que no era cierto.
Art y Ted tuvieron nuevas mascotas, dos ratones llamados Rayo y Trueno, y yo unos cuantos galápagos. Alrededor de la casa había siempre un montón de botellas vacías de Guinness, así que construí un campamento para mis pequeños amigos junto al refugio antiaéreo. Un buen día, Art y Ted decidieron que los galápagos debían darse una vueltecita, de modo que los dejaron salir del fortín de botellas y contemplaron cómo se escapaban por la verja. Tal vez fuera su venganza por haber machacado sus huevos y haber tirado sus peces por el retrete. Art y Ted también me inmovilizaban contra el suelo, se inclinaban sobre mí, dejaban gotear un escupitajo sobre mi cara y, cuando estaba a punto de alcanzarme, lo sorbían. Todo aquello formaba parte de sus torturas juveniles.
En aquellos días, Inglaterra era un lugar lleno de mugre, polvo, suciedad y olor a borrachera. Resultó que uno de nuestros vecinos tenía la casa más asquerosa de Yiewsley, tal vez de todo el sur de Inglaterra, y yo pensaba que era algo estupendo colarme en su cocina, agenciarme algo de comida y zampármela debajo de la mesa. Todos se preguntaban cómo podía sobrevivir llenándome el estómago con aquella bazofia.
Por las noches oía ruidos en la habitación de mis padres, unos sonidos que no sabía identificar, y pensaba que se estaban peleando. Yo salía de mi caja, me metía en la cama entre ellos y empezaba a golpear a mi padre diciendo: «¡Deja de pegar a mi mamá!». Debía de ser una pesadilla para ellos que yo entrara en su habitación mientras estaban en plena faena. Pero entonces yo estaba en la inopia.

Todo lo que necesitábamos estaba allí: nuestra escuela, nuestras tiendas y nuestra familia. En la actualidad, Yiewsley está más desarrollado a causa del aeropuerto, pero por entonces no era más que un pueblo pequeño. Todos conocían los asuntos de todos, todo el mundo se preocupaba por los demás, había conciencia vecinal y las rencillas nunca duraban mucho. La mayoría de las familias tenían un refugio antiaéreo en el patio de atrás (papá dejó nuestro refugio Anderson dentro de la casa hasta que la cosa se puso «seria»), pero Dios sonrió a Yiewsley durante la guerra. Aunque los bombarderos alemanes sobrevolaron el lugar, pocos dieron en el blanco. En una ocasión un pub estalló por los aires, pero nadie resultó muerto. Una noche, una bomba cayó cerca del pub Hut. Mi madre sintió cómo Ted se ponía rígido entre sus brazos mientras el traqueteo de la onda expansiva recorría todo el pueblo. Algunas ventanas de la calle de la abuela saltaron hechas añicos, y ella se dedicó a ir calle arriba y abajo diciendo a todos los vecinos del lugar: «No paguéis el alquiler hasta que nos arreglen esto». Esa noche en concreto, mi padre iba camino del Nag cuando las sirenas empezaron a sonar y las bombas a caer. Saltó dentro del cubo de basura más cercano, se cubrió con la tapa y esperó a que pasara todo.
Yiewsley salió relativamente bien parado, pero el lugar de trabajo de mi madre en la cercana población de Hayes (la fábrica principal de la EMI) fue arrasado uno de los raros días en que ella libraba. Fueron tiempos duros. Recuerdo incluso que cuando yo era chico alguna gente todavía no tenía tapas en los retretes porque las habían quemado durante la guerra para calentarse. Mi madre recuerda haber guardado cola a menudo durante toda una tarde para conseguir sólo dos onzas de azúcar, un plátano y un huevo con los que volvía corriendo a casa para malcriarnos.
Una explanada al final de la avenida Whitethorn era el lugar donde todos los habitantes del municipio celebraban las grandes fiestas. Allí se conmemoraban las victorias sobre Alemania y Japón, y allí fui a celebrar la coronación de la reina. Recuerdo aquella gran fiesta porque todo el vecindario llevó comida, había música y fue la primera vez que comí he- lado, gelatina y pudín de leche con sabor a almendras.
En la escuela todos teníamos que ir a la iglesia. La misa del domingo en St. Matthew me resultaba claustrofóbica, y detestaba el olor a rancio del lugar. Odiaba tener que estar allí sin moverme, y no podía esperarse de mí que permaneciera mucho tiempo sentado correctamente y en silencio. Una vez, para comunicar lo que pensaba acerca de la iglesia, vomité. Esa mañana empecé a sentir unas náuseas cada vez más fuertes y, como sabía lo que acabaría pasando, intenté coger mi gorra. Pero no llegué a tiempo, y el vómito alcanzó a los feligreses situados tres filas por delante.
No hace mucho, Art, que nunca tira nada, encontró mi viejo libro de estampas eclesiásticas. No había vuelto a verlo desde hacía cuarenta y cinco años. Siempre que iba a la escuela los domingos me daban una estampa con la imagen de un santo o una escena celestial tipo El Greco para ponerla en el libro. Estoy seguro de que me encantaba mirar aquellas estampas porque eran como pequeñas pinturas al óleo.
Cuando crecí un poco y superé mi desconfianza hacia ella, empecé a pensar también en mi prima Rita como en una pintura al óleo. Estábamos muy unidos. Su madre me cantaba hermosas y reconfortantes canciones para dormirme, y su padre, Harry el Loco (o el Venado, como solíamos llamarlo), nos tenía aterrados a los niños. Trabajaba manejando el atrezo en unos estudios cinematográficos. Más que aterrador era… bueno, extraño. Solía entrar por la puerta trasera de la casa para caminar luego hasta la entrada principal, a veces sin decir una palabra. Ahí va Harry. En otras ocasiones llegaba hasta la puerta de atrás, silbaba una pequeña tonada, bailaba un poco y se marchaba. Ahí va de nuevo Harry.
A veces, cuando Rita y yo estábamos solos, cortábamos trozos del Daily Mirror, los enrollábamos a modo de cigarrillos, los encendíamos en la chimenea y dábamos caladas fingiendo fumar. Cuando las fiestas en el número 8 empezaban a animarse, nos decían que nos fuéramos a la cama y nosotros nos quedábamos en lo alto de la escalera escuchando la música. Luego, tan pronto como podíamos, nos escabullíamos escaleras abajo, nos metíamos debajo de la mesa y nos escondíamos tapados por el mantel. Si quedaba un culillo de Guinness en algún vaso sobre la mesa, lo cogíamos. Cuando nos descubrían allí debajo, nos obligaban a subir y, al final, acababa en la cama con Rita. Yo debía de tener unos diez años, así que ella tendría unos catorce. Me gustaba mucho, desprendía un agradable calor y a mis ojos era una auténtica belleza. No podía refrenar mi curiosidad. Yo había oído la expresión «hacerlo», y cuando nos acurrucábamos en la cama le decía: «Quiero hacer uno», y Rita respondía: «No vas a hacer ninguno…», y yo intentaba convencerla, siempre sin éxito, hasta que nos quedábamos dormidos.
Así que, en aquellas noches en que nos mandaban a los dos a la cama, esperaba con ansia a que ella se levantara para ir al baño. Era el momento más excitante de todos, cuando yo la espiaba. Pensaba que aquél era mi secreto, pero hace poco me ha contado que siempre lo supo. Lo cierto es que nos divertimos mucho e hicimos muchas travesuras.»

Continuará…
Fuente: Ron Wood / Memorias de un Rolling Stone (Global Rhythm Press)

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