Spinetta antes de la rabia

El legado de Almendra cuatro décadas después



[Ricardo Portmán]

Fuente: Rolling Stone Argentina

El dicho popular de ‘genio y figura hasta la sepultura’ se adapta perfectamente al gran músico argentino de todos los tiempos, Luis Alberto Spinetta. Su filosofía y convicciones, como arquetipo del ciudadano argentino contemporáneo, no se remitía sólo a la música (que no es poco); también en el papel nos dejó pinceladas de su psiquis geométrica e imposible. Pablo Schanton nos dejó para la posteridad, en la edición de Rolling Stone Argentina de septiembre de 2008, su enfoque por los cuarenta años de los primeros lanzamientos de Almendra (banda fundacional de Spinetta) titulado ‘Subversión pop entre Favio y Oesterheld’.  



“Este tema (como dolorosa premonición) era predilecto de un gran amigo mío: Carlos Raúl. Murió días antes de que yo terminara de grabar este LP. Murió como él se lo propuso años atrás cuando los dos casi niños nos asomamos por primera vez a Buenos Aires. (Permiso, Almendra… y gracias.)” Con esta aclaración manuscrita en la contratapa de Fuiste mía un verano (1968), Leonardo Favio explicaba por qué se había apropiado del “Tema de Pototo (Para saber cómo es la soledad)”, de Spinetta-Molinari. Y por qué el paréntesis había desaparecido junto con ese mote excedido en lunfardo (¡“Pototo”!) para que el segundo título se volviera el principal. Carlos Raúl se había identificado con la canción (dedicada a un amigo que Spinetta creyó muerto). Lo mismo le pasó a Favio tras la muerte de Carlos. Almendra nació con karma pop, reencarnándose velozmente en otro: un sentimiento de duelo que cicatrizaba en cada uno que se sintiera acompañado por el ánimo del tema.
En el álbum de Favio figura otra canción que nos da una idea de cómo funcionaba en aquellos años lo que todavía no era llamado “rock nacional”, la radionovela-canción “Ding dong, ding dong, estas cosas del amor”. En ese tema, para exponer las diferencias entre la chica y el chico (que canta), éste recuerda cómo ella elige a Bee Gees y los Beatles pero él prefiere a The Tremeloes y los Rolling Stones y “si ella dice que Los Gatos/ yo digo Pintura Fresca”. Con su simple debut de 1968 –justamente, “Tema de Pototo…” y “El mundo entre las manos” por lado B–, Almendra compartió la circulación del beat de entonces, donde Los Gatos y Pintura Fresca podían convivir en rankings juveniles y pistas de los públicos clubes y los privados “asaltos”.

Efectivamente, hace cuarenta años, la primera señal de un cantautor excepcional como Spinetta llegó vestida por el sentimentalismo faviano (esa gola de declamación y congoja). Fue todo un gesto iniciático teniendo en cuenta que el cover del cineasta se editó poco antes que el original. El niño dormido de la plegaria –ésa que el Flaco compuso más o menos por 1965 y grabó recién cuatro años después– no desentonaría en el paisaje de reformatorio infantil que se pinta en una de las mejores películas del cine argentino, Crónica de un niño solo (1965). Esos “dedos que se vuelven pan” y ese “mundo-chocolatín” (palabra ésta que, más que cantarse, se sonríe) transmiten una conmiseración tierna hacia la orfandad y la soledad que recuerdan el trato de nuestros grandes autores pop hacia sus criaturas: García Ferré y sus Hijitus y Anteojito (Mil intentos y un invento); Alberto Migré y su Rolando Rivas. Es en esa piedad diminutiva (“pobrecito Fermín”) de Almendra donde se trasluce una solidaridad cristiana, con luz tristona de pesebre, y se define el “factor Favio” del primer Spinetta, quien tanto respetaba a Ferrer, la Walsh y Serrat, por otra parte.
“Pototo” es una canción de duelo cuya temática contrasta con su impulso beat (sólo en sus bajantes de tempo contagia cierta melancolía incurable). Lo mismo su lado B, y ni hablar del simple que vendría inmediatamente después: “Hoy todo el hielo en la ciudad” / “Campos verdes”. Tras la estela del McCartney de “Yesterday”, estas canciones exhiben una nostalgia prematura por algo perdido: un amigo, una chica “que se niega”, una ciudad, el paraíso rural. Pero será con el recuerdo (Pototo) o con un ímpetu casi mesiánico de una brigada anti-apocalipsis (“voy a perforar el hielo”, “la quiero florecer”) como se resolverá la añoranza. A nivel musical, ese Almendra de los simples dramatiza un balanceo entre el réquiem de tono tanguero (por dios, escuchen el comienzo de “Todo el hielo…”) y el voluntarismo pop a toda orquesta (la canción “Final”, cara B de otro single, será la coda de esta oscilación emocional e ideológica).
En el “lucés” de “Pototo” ya se insinúa esa acentuación desplazada que tanto se le criticó en su momento a Almendra (el “plegariá”). No es un detalle nomás. Sino toda una marca. Sabemos que existió una prehistoria de zambas en el entrenamiento compositivo del Luis teen (siempre nos emocionamos con su precoz manifiesto “Barro tal vez”). Pero luego vendrían los Beatles y entonces el paso al inglés. Como Spinetta se lo explicitó al periodista Juan Carlos Diez, “(…) hasta ese momento, cantar en ese idioma [inglés] era una forma de mantener lo nuestro en un estado underground, por decirlo así. Lo otro era El Club del Clan, basura pura”. La elongación melódica que impulsaron los Beatles en El Flaco produjo muescas en una métrica que se mide sobre cadencias que saben a zamba, tango, bossa y Nebbia. En esas acentuaciones “sincopadas” se agazapa una resistencia estética que, después de todo, fue definiendo al rock nacional contra el fondo de las otras músicas locales. A propósito, el hecho de que al niño dormido se le ofrende una “plegaria” por su condición injusta también nos habla de cuánto evitaban los Almendra la llamada “canción de protesta” y sus “duerme negrito”.
“Hoy todo el hielo en la ciudad”, con su cielo hecho hache por el “hielo” y una urbe blanca de frío, nos remite inevitablemente a la nieve invasora que cae sobre la cancha de River en la historieta El Eternauta. El camino del historietista eternauta Héctor Oesterheld arrancó en personajes más foráneos como Bull Rocket, el Sargento Kirk, Ernie Pike, Sherlock Time antes de desembocar en una Buenos Aires reconocible, pero lista para que le cayera un ovni (ver también Marvo Luna). “Hoy todo el hielo…”, “Gabinetes espaciales” y “Vine al planeta” (ver el esencial CD Almendra en vivo en el Teatro del Globo 1969) conforman un trío de canciones almendradas de distopías catastróficas, en las que se comprende el objetivo lírico que le confirmara Luis Alberto a Eduardo Berti: “Sentía la necesidad de imaginar algo que no se veía acá”. La ciencia ficción porteñaza de Almendra es el extremo de su búsqueda de “figuración”, de expresos imaginarios desde donde ver la realidad de otra manera. Como el Capitán Beto y las golondrinas de Plaza Mayo en El jardín de los presentes (Invisible, 1976), “Hoy todo…” muestra a alguien que observa desde arriba lo que pasa. Se trata de una “fuga vertical”. Esta se opone perpendicularmente a los naufragios de vagabundeo beatnik que proponían Los Gatos 67, pero adelanta las cúpulas y los hombres alados de Soda 88. Esa vocación por provocar el extrañamiento contra el entumecimiento costumbrista, recurriendo a la ciencia ficción y a ciertas influencias más anglo que telúricas, es lo que llamaría “el factor Oesterheld” del primer Almendra (Almendra II es otro cantar).
Al cuarteto de bajo Belgrano le gustaba multiplicar puntos de vista (“voces”: hay mucho coro, mucha comilla en sus letras). Es algo que se refleja en los cambios de mood y tempo en un mismo tema. Almendra demostrará que lo que creemos “real” no lo es: si vivimos alienados en nuestra cotidianidad (“Figuración”, “A estos hombres tristes”), la dialéctica spinettiana de fines de los 60 nos enseñará que soñar, figurarse o enloquecer son formas de entrar de verdad a la vida, ampliando así nuestras puertas de la percepción. Por eso, su apuesta a los sueños de uno y los insomnios de otra (Ana), los delirios de uno (Fermín) y lo que imaginamos todos. Con “Muchacha ojos de papel”, logra un patchwork de surrealismo radial donde desembocan la “mujer de lengua de hostia apuñalada” de André Breton, “la chica de ojos caleidoscópicos” beatle y “las estrellas de corderoy azul” de la princesa dorada de Lernoud/Tanguito. 



Esta es la verdadera subversión que consigue el lado más pop de lo que llamamos “rock nacional”: cuestionar los límites de nuestra realidad. Funciona desde hace ya cuarenta años gracias a Almendra, y a pesar de que el proyecto pueda parodiarse bajo el nombre Luis Almirante Brown. Así que permiso, Almendra, y gracias.»

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